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DESAHUCIOS Y DESAHUCIOS...
España, ¿y ahora qué?

Del trágico suceso de una mujer que se ha quitado la vida la misma mañana en que se iba a practicar el desalojo de su vivienda en Barakaldo, -

No dispongo más datos que estos: estaba casada, era directora de Recursos Humanos de una empresa sólida y su marido también tiene un empleo y ambos tenían un hijo de 23 años.

Estos datos me sobran para hacer una valoración del caso, desde un punto de vista moral y social, de otro más de los centenares de miles de desahucios que en este país se vienen practicando desde hace unos años.

En primer lugar el suceso me recuerda mucho más a los numerosos de los meses siguientes al martes negro de 1929 en Estados Unidos que a las situaciones descritas por Dickens o Victor Hugo en el siglo XIX. Declarado el crack, muchos se lanzaron al vacío en los rascacielos neoyorquinos. Entonces no es que la gente se quedara de repente sin un centavo y se viese precisada a irse a vivir con sus hijos y sus padres debajo de un puente en espera de la caridad o de la asistencia filantrópica. Entonces quienes se quitaban la vida eran más bien personas y personajes muy acomodados o ricos que, como consecuencia del embate bursátil, descendían bruscamente uno o más peldaños en el status social, y no lo soportaron De tener cinco sirvientes y chófer y tres coches, pasaban a tener dos o tres criados y un solo coche… La “vergüenza” pudo con ellos.

Pues bien, éste me parece que es el caso de la corta familia de la mujer que se ha suicidado en Barakaldo. Y lo resalto no porque no sea un caso luctuoso, lamentable e indicador de una frustración social generalizada, sino porque es otro más de los muchos que siendo víctimas de la incitación de los bancos a contraer deudas exageradas, siendo inteligentes, no han sabido o no han querido calcular las consecuencias de su endeudamiento... o, como muchos drogodependientes, las han asumido.

En todo caso nada tendría que ver con los de tantos deshuciados que se han quedado sin casa y encima siguen como deudores vitalicios que nunca podrán levantar cabeza, porque sencillamente se han quedado sin trabajo, ellos y su pareja, y compraron una vivienda de acuerdo con los ingresos razonables que percibían. Y lo digo digo también, porque quienes opinan en foros y medios radiotelevisivos no dicen una sola palabra de esta necesaria distinción entre el desahucio de una familia desgraciada y el desahucio de quienes, con luces y recursos suficientes, se metieron en un tren de vida que toda persona prudente no sólo debe desdeñar sino también evitar y hasta odiar; pues no es lo mismo perder una vivienda adquirida con un buen sueldo o dos sueldos, que además no se han perdido, por ambición o para especular que la que se compró por necesidad.

Poner ambos casos y los respectivos desahucios en el mismo platillo de la balanza, podría constituir un insulto a la pobreza real y a la desgracia repentina de quienes no han tenido absolutamente culpa de ella. (Y tampoco es de recibo alegar que nadie puso una pistola en el pecho de quienes solicitaron el crédito, porque de haber actuado todo el mundo con los miramientos de toda persona sumamente prudente, el sistema económico también se hubiera desplomado por estrangulación de la demanda. Y, por último, es escabroso, obsceno y mueve a más sublevación saber que de los miles de millones destinados a sanear los bancos en quiebra, haya ido a parar parte a los bolsillos de sus directivos).

Jaime Richart
12 Noviembre 2012

>> Autor: Jaime Richart (12/11/2012)
>> Fuente: Jaime Richart


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